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El liderazgo exige considerar a la empresa como un sistema en el que toda persona influencia a las demás. Un espacio donde es clave mantener un equilibrio dinámico en las relaciones de interdependencia. Para lograrlo, los líderes toman decisiones. Unas decisiones de las que se desprenden consecuencias que contribuyen a cómo es y cómo se desarrollan las relaciones en la empresa.

Así pues, me parecía interesante dedicar estas líneas a reflexionar sobre cuáles son las razones que les impulsa a tomarlas, sobre todo, porque, como decía, impactan contribuyendo a que la empresa genere una forma concreta de organización.

Si existiese un término común que definiera qué es el éxito para todas las empresas, ¿cuál diría usted que sería ese término? En mis años de consultor, al preguntárselo a empleados, mandos y directivos, la respuesta que suelo obtener es: Beneficios. También he comprobado como frecuentemente está presente el miedo y como se distribuye en toda ella, y ciertamente con independencia de la posición que se ocupa. Crecer es la máxima a satisfacer

Así, lo prioritario para toda empresa es captar nuevos clientes y conseguir que los que ya lo son consuman más. La cuota de mercado se torna una obsesión y el impulso en la lucha por ser mejores que la competencia. Crecer se transforma en el motor fundamental del éxito de la empresa. Pero, esta forma de ver el mundo, centrada en el propósito de crecer ¿de verdad cree usted que está regida por nuestro cerebro racional? Desde mi modesta opinión, una interpretación del territorio como un lugar donde hay que luchar por obtener los recursos, dónde se representa a los competidores como un peligro para nuestra “supervivencia”, supone una visión de la realidad en clave de cerebros evolutivamente más primitivos, ¿quizás el reptiliano? Lo digo por aquello de que en las decisiones, con frecuencia lo importante es crear o aprovecharse hasta de la mínima oportunidad para tener mayor presencia en el territorio, evitando de esta manera que se coman “tú parte”. 

La respuesta a qué impulsa las decisiones, en cierta medida, la encontré en el miedo. Un miedo a que la competencia “nos supere” y “nos haga desaparecer”. Una realidad que le confirmo que me encuentro con frecuencia. Por eso, en la forma de gestión y con las decisiones que se toman, realmente lo que se busca es la supervivencia de la propia empresa, la que, por cierto, suele pasar por la pervivencia de quien las toma en el propio puesto

Para conseguirlo, la alta dirección crea la planificación estratégica, la desagrega en presupuestos por áreas de gestión, por departamentos,…, y las dota de plazos de ejecución. Pero sobre todo, la expande por todos los niveles con sofisticados mecanismos de control. Una práctica que revela un ciclo de liderazgo con dos fases bien definidas: Primero, hay que predecir. Segundo, hay que controlar.

Consecuentemente, el comportamiento del buen directivo debe ajustarse al plan definido y cuando no se cumple, buscar responsabilidades, bien entre los miembros de su equipo o en el contexto, y así justificar por qué no se cumplen las predicciones. En ocasiones, hasta se le atribuye proponer acciones para volver a la senda y corregir las desviaciones. O sea, parece que la razón clave que sustenta la toma de decisiones es cumplir con lo proyectado y ajustarse a los presupuestos para que no se coman “tu parte del pastel”. Entonces me pregunto ¿para qué sirve la misión?, ¿por qué se incluye como propósito en los documentos oficiales?